2-0: Howard Webb impide la épica

01.05.2013 00:37

Crónica

Luis (@luis_portero93 en twitter)

 

Si acabado el encuentro tiemblas es que has visto un buen partido. Si tiemblan los jugadores, si tiembla el público, si hasta tiembla el entrenador que siempre sonríe y tiembla el que nunca lo hace, significa que la pasión lo inundó todo, que nadie perdió, aunque uno quedó eliminado. Pasó el Borussia, pero el Real Madrid se definió a sí mismo en los últimos diez minutos, y eso es mucho en estos tiempos de indefinición. Imagino que lo habrá escuchado el mundo, porque se gritó mucho al final. Sí, pasó el Borussia, aunque agonizando. Apuesto a que ellos, como nosotros, tardarán algunos días en dejar de temblar.
 
Era lo perfecto, ahora queda claro. Me refiero al modo en que se desarrolló todo, en esa resistencia al gol del Madrid que durante 82 minutos creímos mala suerte, el penalti a Higuaín no señalado, el condenado infortunio, el viento en contra. El ansia no nos dejó ver el bosque. Retrasarlo todo hasta los últimos diez minutos era la única manera de asestar el golpe definitivo evitando la reacción del poderoso enemigo. No llegó tarde el gol de Benzema, sino en el momento preciso, y no se retrasó el de Sergio Ramos; al contrario: fue de una puntualidad asombrosa. Los minutos restantes, con el rival en estado de pánico, fueron el espacio que permitió el destino, escaso pero suficiente, metáfora de los méritos de cada cual en esta eliminatoria y premio al orgullo formidable del Real Madrid.
 
Aturdidos por los últimos minutos, los primeros parecen de otro año y de otra vida. Por un momento, por muchos, dio la sensación de que el Real Madrid recorría el camino del milagro. Dominio y ocasiones. El rival conmocionado y su estrella lesionada. El estadio, en pie de guerra. El ambiente de aquellas noches. Las ganas de creer, la piel de gallina y los gallinas fuera. Sin embargo, de todos los requisitos faltaba el más importante: la suerte. Nos costó entender que estaba escondida.
 
A los tres minutos, Weidenfeller abortó una ocasión clarísima de Higuaín, solo ante el portero, una oportunidad de las que entran si el viento es favorable. A los ocho minutos, Cristiano remató alto desde el corazón del área, desde donde no suele fallar. A los once se rompió Götze y lo entendimos como el primero de los accidentes soñados, la primera de las catastróficas desdichas que debían fulminar al Borussia. Mientras nos frotábamos las manos, Lewandowski aprovechó nuestra confianza para rematar de media chilena, insólitamente libre de marcaje; el Madrid contestó con un calco de la misma ocasión, aunque esta vez fue Cristiano quien voló para impactar la pelota en el aire. Weidenfeller, soberbio, repelió con el pecho. A esas alturas el temor ya era una evidencia (falsa): el viento era suyo.
 
La siguiente ocasión la tuvo Özil, al que Cristiano despejó el camino con un pase al primer toque, magnífico. Tan fácil lo vio Özil, tanto tiempo tuvo para pensar, que pensó demasiado: primero imaginó el gol y después imaginó el fallo. Y falló.
 
El Borussia, sostenido por su portero y por un gran Hummels, respiró a partir de entonces. Cumplida la media hora hizo recuento de daños y no encontró ninguno. Sus primeras contras fueron para disfrutar de la supervivencia. Las siguientes para hacer sangre. Lewandowski, al que Sergio Ramos picó y banderilleó como reclamaba Mourinho, comenzó a sembrar el pánico aun sin tocar la pelota. El bajón físico y anímico del Madrid era inquietante y del mismo participaba el público, agotado de tanto gritar contra el viento.
 
El árbitro pitó el final de la primera parte y el consuelo fue forzado, pero creíble: en la ida, el Borussia había marcado tres goles en la segunda mitad. Nada era imposible. Tres goles se marcan en diez buenos minutos, nos dijimos, sin excesiva fe.
 
Nadie contó tampoco con la aparición de Reus, uno de los grandes talentos del Borussia (tanto o más que Götze), desaparecido durante los primeros 45 minutos porque así son los genios vaporosos. Gracias a su empeño, Lewandowski pudo marcar dos goles que parecían cantados: uno se marchó alto y otro reventó el larguero. Gracias a su pierna izquierda, Gündogan disfrutó de una oportunidad que fue gol hasta que Diego López surgió de la nada para recordar las mejores paradas de Casillas.
 
El Borussia no sólo desperdiciaba la sentencia, sino que lo hacía con cierta displicencia, como si todo estuviera hecho ya. Fue de justicia que el fútbol se lo hiciera pagar. Fue lógico el gol de Benzema y resultará inolvidable la reacción del Bernabéu, puesto en pie, subido a su historia y desafiando al sentido común, gritando “se puede” y pudiendo, porque Ramos marcó el gol que le consagra como heredero de los ídolos del madridismo. Visto en temblorosa perspectiva, lo que quedó por hacer fue un detalle, un ajuste de cinco centímetros en el último cabezazo de Ramos, nada insalvable para quien tiene nueve Copas de Europa y ayer las sacó brillo. Mucho brillo.