3-2: El Madrid pierde pero pasa a semifinales (3-5)

09.04.2013 22:55

Crónica

Luis (@luis_portero93 en twitter)

 

La primera impresión, antes del inicio, fue que al Madrid le sobraba el partido. La siguiente que le sobraban 83 minutos. Y así fuimos descontando tiempo, entre alegrías anticipadas y cántaros en la fuente. Tanta fue nuestra certeza, que el fútbol se ofendió más que el Galatasaray. De ahí los goles turcos, dos de ellos logrados en un minuto. Le empujaba el orgullo patrio, pero sobre todo la leyenda de un juego que juega a no ser previsible, y casi nunca lo es. Fue un buen susto y una estupenda lección. No volveremos a vender pieles de osos turcos ni a escribir crónicas en el descanso.
 
 
Es extraño. Las primeras maniobras del Galatasaray nos hicieron temer, aunque sin razones objetivas, por pura afición a tener miedo o por recuerdo traumático de las noches en Hamburgo o Kaiserslautern. También pudo ser una intuición. Los jóvenes no lo creerán, pero años atrás (décadas, tal vez) el Madrid sufría fuera de casa, condenadamente. En otro tiempo, los rivales siempre eran más altos y más fuertes. Era otra época, insisto. Los futbolistas tenían pelos en las piernas y en el campo no se distinguían más mechas que las mechas encendidas de los balones que colgaban al área de Miguel Ángel o Agustín. Quien vivió aquello no vuelve a fiarse de nada, ni de nadie. Para los que conocimos aquello, partidos como el de ayer, tan sencillos en apariencia, resultan sospechosos. Uno se prepara para la emoción y la emoción no existe, o eso cree. Uno inspira profundamente mientras escucha la música de la Champions y al segundo resoplido ya ha marcado el Madrid.
 
Volvió a suceder anoche. Cristiano, que en el Bernabéu había marcado a los nueve minutos, ayer lo hizo a los siete. Su obsesión por batir récords es enfermiza. Cualquier registro le vale: goles marcados, tiros a puerta, velocidad punta, abdominales por centímetro cuadrado. Cuando le dé por los huevos cocidos superará a Paul Newman.
 
Todo era mentira, sin embargo, una magnífica falsificación. Antes del gol de Cristiano, el Galatasaray había hecho poco y casi todo mal. Había reculado, había perdido balones y hasta Drogba parecía lastimado después de un choque con Coentrao; Muslera ya se había visto obligado a salir a los pies de Di María. Digamos, para resumir, que el Galatasaray se asemejaba a un spaghetti al dente.
 
De modo que el segundo córner nos condujo inexorablemente hacia el gol. La jugada fue espléndida, por elegante y vacía de toda crispación. Özil buscó el pase como quien busca a un conocido en un bar. Y no imaginen un bar lleno de gente, sino uno a medio llenar, uno formal, con sillas bajas al fondo, de gin-tonics con pepino. No le costó encontrar a Khedira, quiero decir. Ni a Khedira colarse por el corazón del infierno, ni a Cristiano adelantarse a la defensa, ni por supuesto rematar en las barbas de Muslera, gol tan fácil (y un pepino) que pareció un jaque pastor.
 
El infierno se apagó antes de arder, eso pensamos. Hubo cánticos en las gradas, pero sólo para entrenarse para otra edición y para otro rival. El Galatasaray asimiló peor el espadazo y se encogió hasta alcanzar su verdadera talla: equipo menor, en juego y en fuerza. Ese es el drama de los enemigos del Madrid. Ni con balón, ni con los puños. Ni en el fútbol ni en las traineras. El equipo de Mourinho gana cualquier concurso y ahí radica el principal mérito del entrenador: el juego es opinable, pero el soldado es perfecto. O casi. Su única debilidad es la distracción.
 
Di María pudo marcar el segundo gol después de un taconazo de Cristiano, pero se interpuso Muslera. El tiro, golpeado con el exterior de la bota (la izquierda, naturalmente), hubiera supuesto un castigo demoledor, y tampoco conviene abusar. Los turcos, entretanto, se consolaron con un chut raso de Sneijder que exigió mínimamente a Diego López. Era el primer acercamiento peligroso del Galatasaray, minuto 37.
 
Nada pareció cambiar en la segunda mitad, o no lo advertimos, tan miopes. En casos parecidos, y con todo resuelto, los equipos grandes se apiadan de su adversario, y aunque persiguen el gol, evitan la media docena. Uno nunca sabe en qué equipo firmará su último contrato, o dónde disfrutará de las próximas vacaciones, o del siguiente kebap. El mérito de la grandeza consiste en no aplastar. Lo debió decir Indurain, aunque sin abrir la boca. Así hay que entender el fallo de Cristiano en el 57’ (fingió ser torpe) o el posterior gol de Eboué, cañonazo que no hubiera rozado ni Casillas. Cuando intentábamos interpretar el gol de Sneijder, Drogba marcó el tercero de tacón. Entonces, la seguridad de dos minutos antes se volvió pánico, Hamburgo y Kaiserslautern, temblor verdadero. Dos goles más dejaban fuera al Madrid. Y faltaban 19 minutos de tensión (pregunten a Arbeloa), descuenten el añadido y el postrero gol de Cristiano.
 
Al final, no fue una noche para comprar postales, que el fantasma de Ali Sami Yen nos perdone. Tampoco fue una noche negra como boca de lobo. Fue, sencillamente, una noche de Champions. Un aviso. Un magnífico entrenamiento para el miedo y el valor. El infierno comienza ahora. Y el cielo también.